

Cuando preparas la mochila para salir al Iztaccíhuatl, al Nevado de Toluca o a La Malinche, cada gramo cuenta. Lo sabes bien: cargar de más cobra factura en las rodillas y en el ritmo de ascenso. Pero llegar a la cumbre sin energía es todavía peor. Aquí es donde entra la comida deshidratada.
Si buscas opciones para tu ruta, no te dejes engañar por empaques brillantes. En México hay mucha comida en cada esquina, pero no es lo que necesitas. Esos productos suelen ser pesados, difíciles de preparar en el cerro y generan basura estorbosa. La comida de montaña debe ser diferente. Necesitas algo ligero que te sirva allá arriba, donde no hay segundas oportunidades.
Vamos a revisar los puntos clave que debes considerar antes de elegir tu menú para la próxima ruta.
La regla de oro es la simplicidad. Si tomas un paquete y la lista de ingredientes parece un experimento de laboratorio, piénsalo dos veces. Tu cuerpo necesita combustible real para subir, no rellenos químicos.
Fíjate en que los ingredientes sean reconocibles. Deberías poder leer cosas como “frijol”, “carne de res”, “jitomate” o “chile”, no códigos numéricos extraños. En México tenemos la ventaja de contar con sabores que nuestro estómago ya conoce y tolera bien.
Muchas marcas extranjeras cargan sus productos con sal para conservarlos o darles sabor. Aunque necesitas reponer sales minerales por el sudor, un exceso de sodio puede provocarte más sed de la necesaria, obligándote a consumir tus reservas de agua antes de tiempo. Busca un equilibrio.
No se trata solo de llenarse, se trata de nutrirse. En la montaña, tu cuerpo es un motor que quema combustible a un ritmo acelerado.
Al comparar opciones, haz una cuenta rápida: calorías por cada 100 gramos de peso.
Una buena comida de montaña debe ser eficiente. Si un paquete pesa 300 gramos pero solo te da 200 calorías, no vale la pena cargarlo. Buscas densidad calórica. Lo ideal es que obtengas la mayor cantidad de energía con el menor peso posible.
Estás a 4,000 metros de altura, hace frío, tienes los dedos entumidos y el viento sopla fuerte. Lo último que quieres es una receta complicada que requiera tres ollas y 30 minutos de cocción.
Lo práctico gana siempre. Antes de comprar, verifica el método de preparación:
Comer en la montaña también es un tema de moral. Un plato caliente y sabroso puede cambiarte el ánimo por completo después de una jornada dura bajo la lluvia o el granizo.
Aquí es donde el origen importa. Muchas opciones importadas tienen sabores que, aunque son buenos, a veces no caen bien en el estómago mexicano o simplemente no “llenan” igual. Unos chilaquiles o un guisado con sazón local no solo alimentan el cuerpo, reconfortan la mente.
Pregúntate: ¿esto realmente me va a quitar el hambre? Busca porciones pensadas para deportistas, no para picar. Si el paquete dice “porción para 2” pero son 300 calorías en total, asume que es una porción para una persona con hambre de cumbre.
Comprar comida deshidratada hecha en México tiene ventajas logísticas. Los productos importados a veces pasan meses en contenedores y bodegas antes de llegar a tus manos. Una producción local suele garantizar una fecha de elaboración más reciente.
Además, al elegir opciones nacionales, estás apostando por sabores diseñados para nuestro paladar y nuestras costumbres. No es lo mismo un “spicy stew” gringo que un guisado con el picor exacto que te gusta.
Parece un detalle menor, pero todo suma. El empaque debe ser resistente para aguantar el trato rudo dentro de la mochila, pero ligero. Evita las latas o envases rígidos. Las bolsas (pouches) son el estándar porque protegen el alimento de la luz y la humedad, ocupan poco espacio una vez que te terminas la comida y pesan casi nada.
Antes de pasar la tarjeta, haz este checklist rápido:
Elegir bien tu comida es parte de la planificación de la ruta. Una buena elección te asegura energía constante, una mochila ligera y un buen momento de descanso en el campamento. No se trata de sufrir, se trata de disfrutar la montaña con la panza llena y el corazón contento.
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